En Trinitat Vella una se siente en el límite de Barcelona, donde la ciudad se confunde con la montaña. La ladera de Collserola asciende casi vertical en esta parte de la ciudad. Se diría que desde aquí la dimensión urbana se desdibuja y todavía se respira un aire como de pueblo, hasta los pájaros están más presentes y se les oye cantar. Nada más salir del metro un jubilado nos comenta su apreciación al ver a un hombre repartir migas de pan sobre uno de los céspedes ajardinados construidos entre los bloques más recientes de las últimas promociones de pisos. El hombre en cuestión repartía sobre el verde de la hierba visibles trozos de pan blanco que iba desmigajando de una larga barra de pan. Los depositaba con un cierto orden dibujando una trama ortogonal. Por lo que se veía llevaba rato entregado a ello y todavía sostenía en su mano izquierda una bolsa de plástico que contenía al menos tres barras más de pan. Ajeno a nuestros comentarios el hombre siguió con su pieza de land art dedicada a los pájaros y la siembra.

Seguimos nuestro camino hasta llegar a la Casa de l’Aigua, un espacio que hace honor a su nombre y musealiza lo que antes era un equipamiento de primer orden para la ciudad. Nos referimos a la recogida de agua del Besòs para su posterior distribución a la ciudad. Pisamos la sala de decantación sobre unas maderas que ocultan la piscina que hacía decantar el agua previamente a ser entubada. Nos sorprendemos que pese a la técnica de la época de finales del siglo XIX, la dimensión de la instalación es mucho más humana y cercana de lo hubiéramos podido imaginar. Hasta los grandes depósitos situados en el subsuelo y a los laterales del edificio parecen un lugar acogedor y lleno de posibilidades, así nos lo confirma la exposición que ocupa su parte central. El eco resuena por la galería e imagino la concatenación de sonidos cuando esto estaba repleto de agua, una sinfonía de matices sonoros.

Salimos del subsuelo y del edificio a la fuerte luz del día. Justo delante de nuestros ojos se abre el balcón a la Meridiana, a la altura donde se sitúan las letras de “Benvinguts a Barcelona”. Desde aquí la cuenca del Besòs es un ruidoso entramado de asfalto. Subimos a una especie de mirador de las ajardinadas inmediaciones. Colgados de la baranda tomamos fotos de la panorámica, resiguiendo la línea del río que baja caudaloso con las últimas lluvias. No puedo imaginar un mejor sitio para nombrar a una de las puertas de la ciudad. Lo tiene todo para dar la bienvenida. Frente a nosotros la red de infraestructuras que aíslan a la Trinitat Nova, desde aquí conectada únicamente por un alto y vertiginoso puente sobre una ancha Meridiana de al menos 8 carriles. El incesante ruido de los coches nos invita a marcharnos.

Reseguimos la antigua carretera, ahora hecha calle, que circunda la empinada montaña pelada. Un balcón, esta vez de piedra, nos separa del terraplén a la vía del tren y a la autopista. Hay bastante trajín de gente en este trayecto, la mayoría jubilados que contemplan el paisaje en su paseo diario. A medida que nos acercamos a Ciutat Meridiana la montaña va cambiando de color, espesas masas arbóreas se remontan cuesta arriba e inundan de verde las autoconstrucciones que todavía sobreviven a la maquinaria urbanística especuladora. Nos da cuenta del ambiente de pueblo que todavía se respira y del perfil popular de sus habitantes. Lejos queda la súper urbanizada ciudad, aquí los pinos son enormes y los pájaros anidan sus copas teniendo como horizonte visual el río de autopistas e infraestructuras, y coronando su cima como un faro del tiempo el yacimiento íbero de Santa Coloma.

El torrente se abre justo al llegar a las inmediaciones de la estación de la renfe de Torre Baró. Pareciera que el agua se la podría llevar por delante en algún momento. Encaradas a la misma pendiente se alzan las viviendas de los años 60, levantadas formando terrazas entre bloques. Aquí juegan los niños y se ocupan los bajos de los edificios con pequeños comercios de barrio. Las terrazas se comunican entre sí por tramos de escaleras, que desde la parte más alta discurren hacia el llano como cataratas. Los edificios más afectados son los que están construídos transversalmente, éstos pisan por entero el tramo de agua que dibuja el torrente.

La parte superior está aterrazada, acoge el campo de fútbol en proceso de remodelación con grandes charcos de las últimas lluvias. Cruza sobre él el acueducto que traía el agua del Valles, a su vez acceso y límite con la parte no urbanizada del barrio. Entramos así al Parque natural de Collserola, por un camino que asciende entre pinos, vegetación mediterránea y pequeños robles que identificamos a medida que andamos.

Nos detenemos por un momento. A nuestra izquierda el torrente baja empinado entre una frondosa vegetación de humedal. Nos sorprende escuchar en la profundidad de la garganta, el eco de fondo del remolino de agua, que reverbera ascendente desde los pies de la montaña hasta donde nos encontramos. El camino continua hasta una fuente y desemboca de nuevo al otro lado del barrio por una escalera. Es el recorrido habitual que hacen los vecinos en chandal para pasear al perro. Un privilegio que solo tienen los que viven a tocar del Parque y que en este popular barrio, el más afectado de Barcelona por los desahucios inmobiliarios, alcanza el exhuberante verdor desde cualquier balcón de vecino.