Quedamos en la estación de los ferrocalrriles de la Magòria, que toma su nombre de la riera de lo cruza, la riera de Magòria. En este tramo, como canalización que se sumó al cauce del Torrente de Sants, atraviesa la Gran Vía para continuar al otro lado de la avenida por una amplia plaza en la que se disponen unos bancos. Tras sentarnos en uno de ellos compruebo en mi propio cuerpo el tirón que ejerce la riera bajo mis pies. Y es que se siente que debajo hay agua y debe ser mucha después de las lluvias torrenciales de los últimos días. La riera debe bajar bien cargada y en este punto se abre a lo que fue la bajada más pronunciada hasta llegar al mar.


Ayudados por un mapa previamente marcado, seguimos el curso del agua hasta llegar a la Iglesia de Sant Bartomeu. Situada al pie de la montaña esta Iglesia, devaluada en su aspecto por la basta arquitectura contemporánea, es un refugio de indigentes que buscan cobijo para pasar la noche. Así se recoge en una de los periódicos del barrio de la Marina, que tuvimos ocasión de recoger más tarde y así se constata in situ a juzgar por el cúmulo de bultos que se encuentran depositados en sus inmediaciones.
Frente a la parroquia una pequeña plaza hace de rotonda para el tráfico y da inicio a la avenida de Mare de Déu del Port. Es en este lugar dónde el Torrente de Sants confluía con la Riera Blanca, una de las importantes rieras de Barcelona con una cuenca muy amplia que recoge muchos torrentes y pequeñas rieras de la zona de Sarriá. Esta doble riera discurría por lo que ahora es la Avenida de la Mare de Déu del Port en todo su amplio recorrido, hasta desembocar al mar a los pies de Montjuïc.
En algunos de sus tramos se advierte una arquitectura de casas bajas con patio y tapia trasera a la riera, que nos traslada al urbanismo de principios de siglo cuando el barrio de la Marina era un núcleo desligado de Barcelona, casi un pueblo con sus plazas, huertas en la ladera de la montaña y una identidad bien definida.

La parte alta de la avenida cambió su paisaje urbano con la construcción de polígonos de viviendas para obreros, configurándose esta zona de la ciudad como un territorio aparte. A medida que descendemos hacia el mar nos vamos adentrando en el barrio, constatamos a pie de calle el gran número de comercios y locales que presentan sus persianas bajadas. Quizás es la crisis económica o el efecto de la riera, lo cierto es que son muchos los locales vacíos. La riera se va abriendo paso describiendo meandros y curvas, es la misma avenida todo el tiempo, solo que en algunas zonas no ha perdido su marcado carácter de camino del agua. Son las partes que se han salvado de las reformas urbanísticas y de los altos bloques de vecinos.

Nos sorprende ver como el transcurso de la avenida es también el recorrido del autobús. La línea V3 discurre en buena medida por la riera Blanca y en esta parte baja rueda literalmente sobre ella. Tentados de subirnos al autobús comprobamos las paradas en una de sus marquesinas. Si, el trazo urbano conecta la riera desde su zona alta hasta el mar, siguiendo de forma más o menos intermitente su recorrido, y siguiendo el camino que ahora estamos trazando. Tras cruzar las casas bajas llegamos a una plazoleta en forma triangular que nos recuerda al meandro de un río. Recién remodelada todavía se dejar ver como lo que fue, el centro vital de un vecindario popular y de vida en la calle. Más abajo la avenida describe una curva y en su parte final alberga el edificio que le ha dado nombre. Es la iglesia de la Mare de Déu del Port un edificio remodelado y construido sobre la antigua capilla del castillo que flanqueaba este lado de la montaña de Montjuïc. En su fachada principal se anuncia que el culto tiene 1.000 años, los que corresponden a las primeras documentaciones que sobre su origen se recogen.

La iglesia marca el límite con la zona más baja de la riera por la que caminamos hasta aproximarnos al cementerio de Montjuic, cuyo acceso es justamente en el lado de la Avenida de la Mare de Déu del Port frente un amplio espacio con hileras de plataneros.

Las remodelaciones urbanísticas han variado en cierta medida el aspecto de pueblo que el lugar conservaba, no obstante todavía se percibe un cierta sensación de estar en el último lugar de Barcelona, una percepción que da título a uno de los libros de Candel, Donde la ciudad pierde su nombre. El célebre escritor de la Marina describe en sus novelas la Barcelona de barracas hacinadas de inmigrantes que se situaban al otro lado del eje que hoy marca la Avenida de la Zona Franca. En ambos lados se daba un marcado ambiente de lugar fuera del mapa, de espacio al margen de la Barcelona burguesa de posguerra. Las nuevas promociones inmobiliarias y la especulación han cambiado considerablemente el paisaje de este límite urbano de la ciudad por tanto tiempo olvidado. Pero todavía nos reconocemos en algunos de sus recodos, patios repletos hoy de escombros y solares que esperan en barbecho el toque de salida de una nueva burbuja especulativa. También queda algún pequeño taller de talla de piedra, nos recuerda que antaño el lugar albergaba a un nutrido grupo de escultores que trabajaban, entre otros encargos, para servir a la lapidaria del cementerio. Todo en buena parte ya es historia, salvo la riera que sigue fluyendo bajo nuestros pies y el cementerio que permanece como un faro despuntando la costa barcelonesa.

La Avenida de la Mare de Déu del Port se corta abruptamente por el cruce de una carretera que a una cota más elevada sube arrimada a la ladera. Cruzamos el desnivel y continuamos lo que nos parece el camino natural del agua y que coincide con la amplia calzada que da su entrada al cementerio. Al otro lado ya no hay viviendas, solo polígonos industriales que como moles anuncian nuestra proximidad a la zona portuaria de servicios logísticos de la Zona Franca. Más allá del cementerio la avenida discurre bajo un puente que desemboca en lo que antes era el barrio de Can Tunis o lo que todavía queda de él. Es en este lugar donde imaginamos que la riera muere en su contacto con el mar, aquí acaba su recorrido, también en sus inmediaciones termina el recorrido de la línea V3 del autobús. Y justo aquí comienza la rampa que da acceso peatonal y rodado al principal cementerio de Barcelona.

Accedemos al recinto por la puerta que se abre paralela al flujo de la riera. Seguimos las indicaciones y tomamos el camino que nos lleva al Fossar de la Pedrera. Dicho recorrido transcurre paralelo también al agua, a una cota que nos sitúa frente al paisaje abierto del delta. Percibimos otra luz desde aquí. Aunque el sonido de los motores de la ronda del litoral es todavía presente, nos percibimos muy lejos del ruido. Llegamos en silencio al primer balcón a la riera de Blanca al alcanzar las tres tumbas que se encaran en su base y se abren al horizonte, son las de Ferrer i Guàrdia, Durruti y Ascaso. Nos detenemos a leer la epigrafía de las losas que sobre la tierra tapian los restos de tres hombres cruciales en la historia de la revolución social de Barcelona. En las tres encontramos restos de flores, notas y señales recientes que delatan una ferviente devoción por la causa que estos hombres defendieron. Es este lugar despejado frente la desembocadura de la riera donde confluye la muerte, el mar y el mensaje de esperanza de las luchas que protagonizaron. La fraternidad como base del mensaje de Ferrer i Guàrdia de un mundo dotado de un nuevo humanismo, donde la comunión y el hermanamiento son las únicas vías hacia una sociedad libre. Permanecemos un buen rato, perdemos la noción del tiempo, su presencia nos envuelve y es palpable aún hoy su alegría esperanzada en el epígrafe que sella el mármol y nos devuelve la vigencia de su mensaje:

“Apóstol de la razón y la fraternidad, fue víctima de la intolerancia y el despotismo de su época.”

Contiguo a él las sendas tumbas de sus compañeros combatientes. Al otro lado muy cerca formando un triángulo se sitúa el nicho donde reposa Francesc Layret, abogado defensor de la causa obrera.

Agradecidos nos despedimos de nuestros mártires y remontamos el camino cuesta arriba hacia el Fossar de La Pedrera. Una entrada arbolada hace de sala hipóstila para recibirnos y abrirnos el paso a lo que fue una fosa común y hoy es un altar a las personas que dieron su vida por la revolución. Un lugar fuera del tiempo que sumergido en la montaña nos enraíza a una historia común, la de la libertad de todo un pueblo. Recorremos una a una las estancias que a modo de capilla se disponen a cielo abierto. Tan solo quietud, silencio y el vuelo de un halcón sobre el ancho perímetro del foso. Aquí yace sin duda, la deuda que las nuevas generaciones han seguido arrastrando hasta ver culminar el sueño de los que perecieron.

Salimos del cementerio a través de un agujero practicado furtivamente en una de las vallas metálicas. Bajamos una cuesta en cuyos márgenes se acumulan restos de jeringas y otros desechos humanos, y en un momento volvemos a estar al otro lado de la Avenida de la Mare de Deu del Port. La ciudad está tal cual la dejamos, aunque de hecho y como si regresáramos de un largo viaje todo ha cambiado.