El barrio de Penitents debe su nombre a sus primeros pobladores. A principios del siglo XIX el lugar fue refugio de ermitaños, que disfrutando de los parajes naturales de la ladera de Collserola y alejados de la urbe tenían la posibilidad de vivir. Abastecido de agua de las fuentes, cultivaban en las partes menos angostas del cauce torrencial lo necesario para comer y subsistir.

La salida del metro se encara montaña arriba por la pendiente de la calle Anna Piferrer. Un plano inclinado pronunciado que desemboca en lo que hoy es la frontera natural del barrio, el Passeig de la Vall d’Hebron. Atravesamos la vía que cruza sobreelevada el bullicioso tráfico de las cuatro de la tarde de la Ronda de Dalt y nos adentramos al corazón de Penitents.

Desde Gracia llegaban los feligreses a esta parte alta perteneciente entonces al municipio de Horta, nos cuentan las crónicas, a visitar la llamada popularmente ermita de la Santa Creu de Vallcarca. Un edificio modesto erigido por el Pare Francesc Palau en 1854, considerado el último de los eremitas de Barcelona y personaje ilustre, fundador en este mismo espacio de la orden de las Carmelitas Misioneras, era 1857. El Pare Palau conocedor del bello paraje rico en fuentes de agua, decidió comprar los terrenos de Can Gomis y retirarse en sus estadías en Barcelona a una cueva encarada hacia el sur. Las vistas desde aquí son prodigiosas, nuestra mirada alcanza hasta la costa más meridional del Prat de Llobregat y Castedefells, abriéndose finalmente al azul vaporoso del mar. La ermita de la que tan solo quedan un par de muros era destinada a la comunidad masculina y a la práctica de exorcismos. A la muerte del Pare Palau los terrenos junto con la ermita fueron adquiridos en subasta pública por su seguidor y admirador Mossen Cinto Verdaguer con la finalidad de preservarlos. En 1960 la ermita fue derribada por el ayuntamiento.

Era la primera vez que pisábamos el barrio. Tan solo teníamos la referencia de las Carmelitas Misioneras que todavía hoy están. Subimos toda la calle Ticià hasta una pronunciada cuesta, convirtiéndose entonces en la calle Vall-Par primero como camino de tierra, desde el cual accedemos al carrer del Maduixer que bordea la ladera en su parte más alta. A ambos lados de la vía se levantaron no hace mucho una arquitectura de casas unifamiliares El efecto es de un gran contraste comparado con el barrio formado por casas residenciales y de autoconstrucción de principios de siglo. A excepción de la calle Ticià, de acceso directo a la zona elevada, el resto de calles constituye un laberinto de escaleras y meandros sobre el promontorio de la colina.

El carrer del Maduixer, que toma su nombre del Torrent de Maduixer en esta parte alta del Torrent de Vallcarca, describe una gran curva que desemboca en su cota superior a la carretera de les Aigües. Tomamos la carretera hasta llegar a un amplio mirador delimitado con bloques de hormigón, desde este lugar nos dirijimos a una calle de tierra que se adentra entre casas aisladas que nos conducen al desfiladero por el que se abre el valle vecino con la ermita de Sant Genís dels Agudells en su epicentro.  Retrocedemos después sobre nuestros pasos para descender hasta un promontorio situado en medio de la pendiente. Es un punto de observación y contemplación de primera magnitud. Sentados bajo el árbol que marca el hito del lugar nos abrimos al horizonte del Pla de Barcelona. La ciudad a nuestros pies, todo es quietud salvo la cortina incesante de motores que recorren la ronda. Vienen a mi memoria las visiones del Pare Palau, sus escritos recogen las experiencias visionarias acontecidas en esta misma colina en sus paseos diarios al despertar el alba. Desde aquí presenciaba la lucha de dos ejércitos enfrentados, el bien contra el mal, la batalla tenía lugar en el mismo Plà de Barcelona.

Antes del ocaso descendemos de la atalaya del Pare Palau y del barrio de Penitents constatando que la misma batalla acontece todos los días sobre la ciudad, nos reponemos de sus visiones al ingresar al mundanal ruido en las inmediaciones de la ronda. A la altura de la hoy cerrada Clínica Solarium, edificio perteneciente a las Carmelitas, el Torrente de Vallcarca desaparece en el subsuelo para adentrarse pendiente abajo. Reseguimos su recorrido cercano al hospital Quirón, es perceptible la hendidura del torrente junto a una escuela y en la franja de verdor que dibuja su paso entre edificios. Más adelante bordea otros edificios públicos como la comisaría y el CAP del barrio. En este punto regresamos hacia el subsuelo del metro de Penitents, también afectado por la vía de agua y que a modo de bienvenida la anuncia a los pasajeros que circulan por sus andenes a esta hora temprana de la noche.